Pintar la Albufera es, para mí, un ejercicio de humildad ante la naturaleza. En sus grandes llanuras y horizontes infinitos, uno se siente pequeño frente a tanta magnificencia y belleza silenciosa. Busco capturar esa soledad compartida con el paisaje, donde el cielo y el agua se funden en un solo reflejo. Mis pinceladas intentan detener ese instante de paz absoluta, atrapando la serenidad  y la luminosidad que solo se puede captar en este entorno. Mi inmensa suerte es la gran variedad de escenarios que ofrece cada estación del año y las labores agrícolas temporales.